martes, 16 de septiembre de 2008

Lucio al otro lado

Andaba por los trece o catorce años cuando internaron al tío Lucio. Había empezado a quejarse de una puntada en el pecho y optó por acostarse. No pudo dormir; al rato tuvo que volver y pedirle a mi viejo que lo llevara al hospital. Mi hermana Clara y yo nos quedamos con la abuela, arrullados por el rumor de la cucharita que giraba sin pausa en el café.

A Lucio lo operaron unos días después: doble by-pass. Mi viejo notó nuestro desconcierto y nos explicó el procedimiento con una pedagogía que jamás le había conocido. Incluso entonces percibí que minimizaba algunos riesgos y detalles. Una tarde fuimos al sanatorio: no me dejaron verlo, pero cuando mi abuela dejaba la sala de terapia intensiva se entretuvo un momento en la puerta y pude espiar el interior. Me costó reconocer a Lucio en uno de esos cuerpos con tubos que salían de la boca, cables por todo el pecho y esa quietud sepulcral que espanta. Esa imagen me persiguió varias noches.

Volvió a casa un martes. Se lo veía bien. El susto había pasado y la familia se permitía bromear con los disparates que había dicho bajo el influjo de la anestesia. Cuando mi viejo comentó que había pedido que le llevaran el violín al sanatorio —mi tío apenas era capaz de tocar el timbre—, Lucio detuvo las risas con un gesto.

—Eso lo recuerdo —dijo—. Me desperté con unas ganas incontenibles de tocar el violín, pero sabiendo que si agarraba uno era capaz de hacerlo.

Lo miramos, sin saber qué decir.

—Eso no es todo —agregó—. También está la mujer.

Fue la primera vez que la mencionó. Había despertado con la cara de una mujer impregnada en sus retinas, como si la hubiese estado viendo en sueños o la hubiera tenido guardada en la memoria y aflorara recién entonces. A veces era una visión desconcertante, rasgos percibidos por el rabillo del ojo. Otras, llegaba con precisión de recuerdo. Entonces sentía el cosquilleo del nombre que se le gestaba en la memoria, se abría paso hasta la lengua y quedaba prendido ahí, en la punta. Esto parecía anticipar una revelación, la súbita manifestación que daría entidad a esa imagen. Ese presentimiento lo estremecía.

La abuela se encogió de hombros, con cara de esas cosas pasan. Dijo que a veces uno se despierta de una operación o de una siesta y recuerda ninfas o mujeres innombrables; le vienen ganas de tocar el violín o la tuba y de pintar acuarelas de bosques con duendes. Dimos por sentado que se le pasaría.

Cierta mañana, Lucio llegó con un violín usado. Pensamos que era una locura. Nuestro asombro fue mayor cuando Lucio se lo acomodó entre el hombro y la barbilla y pasó el arco con una destreza insospechada, arrancando una melodía.

—Qué les dije —comentó, complacido—. Si tengo ganas de tocar el violín es porque sé tocarlo.

Mi viejo se rió. Más tarde dijo que tenía que tratarse de una broma, o que había estado estudiando a escondidas y aprovechó la ocasión para darnos la sorpresa. No sonaba convencido. Cuando llegó Clara la miró con esa cara que pone ante lo que escapa a su entendimiento: los ojos como monedas y el labio inferior sobre el bigote.

—Tu tío toca el violín. El violín, podés creer.

Con los días nos fuimos acostumbrando a esa y otras excentricidades. Además de su afición —y, lo que era más asombroso, su destreza— por el violín, comenzamos a notar en él habilidades o costumbres nuevas. Comía pescado, mostraba un conocimiento en vinos que le ignorábamos, cambió hábitos que arrastraba desde la infancia y hasta vendió su colección completa de El Gráfico para comprar discos de música clásica o algo por el estilo que escuchaba como en trance. Pero cuando empezó con lo de los recuerdos, la familia perdió lo poco que le quedaba de paciencia y le sugirió que visitara a un médico.

Primero había sido una ciudad: fragmentos de calles y lugares. Aseguró haber evocado una ciudad que podía ser de Europa: un bulevar en bajada, el agua entre los adoquines dibujando trazos irregulares; una plaza seca con árboles esbeltos; un muelle desbordante de tablones repletos de pescado. Con los días los recuerdos se fueron haciendo más nítidos. Lucio nos describía la ciudad con tanta precisión que era imposible que no existiera. A veces revisaba fotografías viejas, o miraba enciclopedias durante horas. Trataba de reconocer el lugar que aparecía de a ratos en su mente para evacuar esa incertidumbre que se le había prendido al alma. Un domingo, mientras terminábamos de comer, se levantó como si acabara de golpearlo una súbita revelación.

—Son los recuerdos de otro —dijo—. Pero no es otro, soy yo: otro yo.

La abuela soltó el tenedor y se puso a llorar. Lucio estaba eufórico, poseído por esa excitación de enigma resuelto, de último tramo del laberinto. Tan conmovido por esa repentina certidumbre que ni notó el llanto de la abuela.

—¿Se dan cuenta? —continuó—. Es la memoria de otro tipo; el reflejo distorsionado de un espejo que está en la otra punta del mundo.

Entonces Lucio nos explicó —o largó sus delirantes argumentos, creyendo que nuestras bocas abiertas eran de sorpresa en lugar de espanto— que no sabía por qué, pero todos teníamos un doble. Acababa de darse cuenta. El nombre de la mujer le había iluminado la memoria: Anna. Era su esposa, la esposa del doble. La ciudad era Hamburgo; su nombre, Viktor. Violinista, obviamente. Con esa revelación le habían llegado los recuerdos con la fuerza habitual, y era una experiencia única. Tenía, por ejemplo, dos recuerdos diferentes e irreconciliables de un mismo día: el de la final del mundo del ‘86. Como Lucio, recordaba haberlo gozado hasta el delirio; podía evocar a la abuela atando pañuelos para que hiciéramos un gol, el abrazo con mi viejo tras la corrida de Burruchaga, a Diego alzando la copa. Todo a través del televisor Hitachi que estaba contra la pared de la sala. Y los papelitos por toda la ciudad, las banderas argentinas colgadas de los balcones, los bocinazos. Pero, a la vez, podía recordarlo desde la vereda opuesta: la amargura de la derrota, la desazón en un pub de Londres en medio de una gira con la orquesta, el abucheo de los ingleses cuando la cámara mostró a Maradona besando el trofeo.

—No pude haber estado ahí. Y sin embargo, lo recuerdo a la perfección.

Como ese, tenía cientos de recuerdos superpuestos. Tardes de rabona y gomera; figuritas redondas arrimadas a una pared; vacaciones en las sierras de Córdoba; el primer pucho a escondidas; el alambrado entre los dedos para gritar un gol de Zanabria, Oberti o Santamaría. Y la nieve a través de la ventana; clases de violín después de la escuela; vacaciones en Francia; los nervios del primer concierto; aquel muro distante pero presente en todas partes, en tantas cosas.

—Si todos tenemos un doble y desconocemos su existencia, si nunca se cruzan nuestros destinos… ¿Por qué esta revelación? ¿Por qué esta unión de memorias en un mismo cuerpo? —preguntó, como si buscara en nuestras caras una respuesta, una ayuda. Nadie abrió la boca. Lucio se retiró, murmurando algo que nadie alcanzó a escuchar. En la mesa sobrevino un silencio pesado, apenas interrumpido por los sollozos de la abuela. Mi viejo se encargó de quebrarlo:

—Se le zafó un tornillo nomás.

Lucio aceptó ver a un psiquiatra, quizá creyendo que así lo dejarían en paz. Pero el diagnóstico no fue alentador: aunque la terminología clínica disimulaba el concepto, la conclusión no difería mucho de la que había pronunciado mi viejo. Lucio ni se inmutó. Sostenía, con argumentos cada vez más rebuscados, la idea del doble. A veces hacía demostraciones que para sus ojos eran pruebas contundentes: traía fotos de lugares distantes asegurando que se trataba de ciudades que conocía, o tocaba el violín como si en el éxtasis interpretativo se escondiera una respuesta.

Cierta tarde me pidió un cuaderno en blanco. Empezó a llevar una especie de diario que escribía en los momentos menos esperados. Iba con el cuaderno a todos lados. A veces lo abría delante de nosotros: veíamos renglones llenos con su letra prolija y menuda, fotocopias de diarios pegadas debajo de las anotaciones o diagramas indescifrables. Por ese entonces empezó a salir seguido. Se iba temprano y no volvía hasta la hora de la cena, sin decir una palabra de dónde había estado. Empezamos a pensar que estas salidas podían estar relacionadas con su mal —la abuela era reticente a decir su locura; prefería la ambigüedad de referirse a su mal como si fuese una gripe, un virus pasajero—. Una mañana mi viejo decidió seguirlo: supo que pasaba varias horas en la hemeroteca, revisando diarios viejos. Aunque esto confirmó nuestras sospechas, lo tomamos con cierto alivio: la abuela había pensado en cosas peores. Yo la escuchaba y trataba de imaginar qué cosas podía estar haciendo, pero lo único que se me ocurría era Lucio con la boca llena de espuma; Lucio como una suerte de Mr. Hyde por callejones oscuros.

Empezó a pasar cada vez más tiempo fuera de casa. Apenas lo veíamos un rato los domingos, cuando dejaba su cuaderno para almorzar, sumido en un silencio acaso lleno de reproches. A veces su mirada reflejaba una especie de doble desconcierto, como si de repente se sintiera extraño entre nosotros. Nos miraba con los ojos enormes, turbulentos, y nosotros hacíamos de cuenta que no lo notábamos. Otras veces se lo veía atribulado, como si cargara una pena insalvable que minuto a minuto lo alejaba de nuestra mesa. Entonces se iba sin decir nada y era como si se hubiera ido mucho antes. Su mente estaba a miles de kilómetros; quizás en una ciudad más vieja y fría, con calles de adoquines donde el agua se escarcha en invierno y dibuja estrías en el piso.

Una madrugada de inverno me despertaron sus gritos. Salí al pasillo envuelto en una frazada justo cuando mi viejo y la abuela corrían hacia la puerta. Lucio acababa de llegar. Arrodillado en la sala lloraba sin decoro. Ayudé al viejo a levantarlo. Pesaba una tonelada: cuando quisimos sentarlo casi nos arrastra al sillón.

—Se murió, vieja —dijo, la voz pastosa de vino—. Se murió. Por eso me vinieron sus recuerdos.

En el piso, junto a él, había un recorte de diario arrugado. Lo levanté y alcancé a leer el titular antes de que mi viejo lo tomara. Algo sobre un accidente de avión en Bélgica, algo sobre una orquesta.

Se fue unos días después. No tratamos de detenerlo, sabíamos que sería inútil. Aunque a veces teníamos ganas de escribirle para ver cómo le iba, la abuela pudo disuadirnos. Sólo guardamos un recorte de diario sobre la milagrosa reaparición de un violinista y el reencuentro con su mujer. En la foto está tan distinto, que apenas se nota que es él. Pero tiene ese destello en los ojos, como de duda atravesada, de incómoda dualidad. Como de Lucio agazapado ahí.

2 comentarios:

ani dijo...

Javier...qué genialidad. Realmente sorprendida por tu relato. Los tiempos, las metáforas, la tensión que te lleva a querer saber más de este delirio de Lucio, de su "mal" como dice la abuela.
Me gustó la cada del tio con los ojos como monedas y el labio inferior sobre el bigote...
Me encantó. Vas a mis favoritos!

Javier Nuñez dijo...

Ani, me abruma tu comentario, muchas gracias.
Tengo que admitir que casi había olvidado este blog, porque después me mudé a otra dirección:
http://piyamadecalle.wordpress.com

Cuando quieras, pasá por ahí. Ahora cuelgo un post avisando por si algún otro cae por error por acá.