martes, 16 de septiembre de 2008

Lucio al otro lado

Andaba por los trece o catorce años cuando internaron al tío Lucio. Había empezado a quejarse de una puntada en el pecho y optó por acostarse. No pudo dormir; al rato tuvo que volver y pedirle a mi viejo que lo llevara al hospital. Mi hermana Clara y yo nos quedamos con la abuela, arrullados por el rumor de la cucharita que giraba sin pausa en el café.

A Lucio lo operaron unos días después: doble by-pass. Mi viejo notó nuestro desconcierto y nos explicó el procedimiento con una pedagogía que jamás le había conocido. Incluso entonces percibí que minimizaba algunos riesgos y detalles. Una tarde fuimos al sanatorio: no me dejaron verlo, pero cuando mi abuela dejaba la sala de terapia intensiva se entretuvo un momento en la puerta y pude espiar el interior. Me costó reconocer a Lucio en uno de esos cuerpos con tubos que salían de la boca, cables por todo el pecho y esa quietud sepulcral que espanta. Esa imagen me persiguió varias noches.

Volvió a casa un martes. Se lo veía bien. El susto había pasado y la familia se permitía bromear con los disparates que había dicho bajo el influjo de la anestesia. Cuando mi viejo comentó que había pedido que le llevaran el violín al sanatorio —mi tío apenas era capaz de tocar el timbre—, Lucio detuvo las risas con un gesto.

—Eso lo recuerdo —dijo—. Me desperté con unas ganas incontenibles de tocar el violín, pero sabiendo que si agarraba uno era capaz de hacerlo.

Lo miramos, sin saber qué decir.

—Eso no es todo —agregó—. También está la mujer.

Fue la primera vez que la mencionó. Había despertado con la cara de una mujer impregnada en sus retinas, como si la hubiese estado viendo en sueños o la hubiera tenido guardada en la memoria y aflorara recién entonces. A veces era una visión desconcertante, rasgos percibidos por el rabillo del ojo. Otras, llegaba con precisión de recuerdo. Entonces sentía el cosquilleo del nombre que se le gestaba en la memoria, se abría paso hasta la lengua y quedaba prendido ahí, en la punta. Esto parecía anticipar una revelación, la súbita manifestación que daría entidad a esa imagen. Ese presentimiento lo estremecía.

La abuela se encogió de hombros, con cara de esas cosas pasan. Dijo que a veces uno se despierta de una operación o de una siesta y recuerda ninfas o mujeres innombrables; le vienen ganas de tocar el violín o la tuba y de pintar acuarelas de bosques con duendes. Dimos por sentado que se le pasaría.

Cierta mañana, Lucio llegó con un violín usado. Pensamos que era una locura. Nuestro asombro fue mayor cuando Lucio se lo acomodó entre el hombro y la barbilla y pasó el arco con una destreza insospechada, arrancando una melodía.

—Qué les dije —comentó, complacido—. Si tengo ganas de tocar el violín es porque sé tocarlo.

Mi viejo se rió. Más tarde dijo que tenía que tratarse de una broma, o que había estado estudiando a escondidas y aprovechó la ocasión para darnos la sorpresa. No sonaba convencido. Cuando llegó Clara la miró con esa cara que pone ante lo que escapa a su entendimiento: los ojos como monedas y el labio inferior sobre el bigote.

—Tu tío toca el violín. El violín, podés creer.

Con los días nos fuimos acostumbrando a esa y otras excentricidades. Además de su afición —y, lo que era más asombroso, su destreza— por el violín, comenzamos a notar en él habilidades o costumbres nuevas. Comía pescado, mostraba un conocimiento en vinos que le ignorábamos, cambió hábitos que arrastraba desde la infancia y hasta vendió su colección completa de El Gráfico para comprar discos de música clásica o algo por el estilo que escuchaba como en trance. Pero cuando empezó con lo de los recuerdos, la familia perdió lo poco que le quedaba de paciencia y le sugirió que visitara a un médico.

Primero había sido una ciudad: fragmentos de calles y lugares. Aseguró haber evocado una ciudad que podía ser de Europa: un bulevar en bajada, el agua entre los adoquines dibujando trazos irregulares; una plaza seca con árboles esbeltos; un muelle desbordante de tablones repletos de pescado. Con los días los recuerdos se fueron haciendo más nítidos. Lucio nos describía la ciudad con tanta precisión que era imposible que no existiera. A veces revisaba fotografías viejas, o miraba enciclopedias durante horas. Trataba de reconocer el lugar que aparecía de a ratos en su mente para evacuar esa incertidumbre que se le había prendido al alma. Un domingo, mientras terminábamos de comer, se levantó como si acabara de golpearlo una súbita revelación.

—Son los recuerdos de otro —dijo—. Pero no es otro, soy yo: otro yo.

La abuela soltó el tenedor y se puso a llorar. Lucio estaba eufórico, poseído por esa excitación de enigma resuelto, de último tramo del laberinto. Tan conmovido por esa repentina certidumbre que ni notó el llanto de la abuela.

—¿Se dan cuenta? —continuó—. Es la memoria de otro tipo; el reflejo distorsionado de un espejo que está en la otra punta del mundo.

Entonces Lucio nos explicó —o largó sus delirantes argumentos, creyendo que nuestras bocas abiertas eran de sorpresa en lugar de espanto— que no sabía por qué, pero todos teníamos un doble. Acababa de darse cuenta. El nombre de la mujer le había iluminado la memoria: Anna. Era su esposa, la esposa del doble. La ciudad era Hamburgo; su nombre, Viktor. Violinista, obviamente. Con esa revelación le habían llegado los recuerdos con la fuerza habitual, y era una experiencia única. Tenía, por ejemplo, dos recuerdos diferentes e irreconciliables de un mismo día: el de la final del mundo del ‘86. Como Lucio, recordaba haberlo gozado hasta el delirio; podía evocar a la abuela atando pañuelos para que hiciéramos un gol, el abrazo con mi viejo tras la corrida de Burruchaga, a Diego alzando la copa. Todo a través del televisor Hitachi que estaba contra la pared de la sala. Y los papelitos por toda la ciudad, las banderas argentinas colgadas de los balcones, los bocinazos. Pero, a la vez, podía recordarlo desde la vereda opuesta: la amargura de la derrota, la desazón en un pub de Londres en medio de una gira con la orquesta, el abucheo de los ingleses cuando la cámara mostró a Maradona besando el trofeo.

—No pude haber estado ahí. Y sin embargo, lo recuerdo a la perfección.

Como ese, tenía cientos de recuerdos superpuestos. Tardes de rabona y gomera; figuritas redondas arrimadas a una pared; vacaciones en las sierras de Córdoba; el primer pucho a escondidas; el alambrado entre los dedos para gritar un gol de Zanabria, Oberti o Santamaría. Y la nieve a través de la ventana; clases de violín después de la escuela; vacaciones en Francia; los nervios del primer concierto; aquel muro distante pero presente en todas partes, en tantas cosas.

—Si todos tenemos un doble y desconocemos su existencia, si nunca se cruzan nuestros destinos… ¿Por qué esta revelación? ¿Por qué esta unión de memorias en un mismo cuerpo? —preguntó, como si buscara en nuestras caras una respuesta, una ayuda. Nadie abrió la boca. Lucio se retiró, murmurando algo que nadie alcanzó a escuchar. En la mesa sobrevino un silencio pesado, apenas interrumpido por los sollozos de la abuela. Mi viejo se encargó de quebrarlo:

—Se le zafó un tornillo nomás.

Lucio aceptó ver a un psiquiatra, quizá creyendo que así lo dejarían en paz. Pero el diagnóstico no fue alentador: aunque la terminología clínica disimulaba el concepto, la conclusión no difería mucho de la que había pronunciado mi viejo. Lucio ni se inmutó. Sostenía, con argumentos cada vez más rebuscados, la idea del doble. A veces hacía demostraciones que para sus ojos eran pruebas contundentes: traía fotos de lugares distantes asegurando que se trataba de ciudades que conocía, o tocaba el violín como si en el éxtasis interpretativo se escondiera una respuesta.

Cierta tarde me pidió un cuaderno en blanco. Empezó a llevar una especie de diario que escribía en los momentos menos esperados. Iba con el cuaderno a todos lados. A veces lo abría delante de nosotros: veíamos renglones llenos con su letra prolija y menuda, fotocopias de diarios pegadas debajo de las anotaciones o diagramas indescifrables. Por ese entonces empezó a salir seguido. Se iba temprano y no volvía hasta la hora de la cena, sin decir una palabra de dónde había estado. Empezamos a pensar que estas salidas podían estar relacionadas con su mal —la abuela era reticente a decir su locura; prefería la ambigüedad de referirse a su mal como si fuese una gripe, un virus pasajero—. Una mañana mi viejo decidió seguirlo: supo que pasaba varias horas en la hemeroteca, revisando diarios viejos. Aunque esto confirmó nuestras sospechas, lo tomamos con cierto alivio: la abuela había pensado en cosas peores. Yo la escuchaba y trataba de imaginar qué cosas podía estar haciendo, pero lo único que se me ocurría era Lucio con la boca llena de espuma; Lucio como una suerte de Mr. Hyde por callejones oscuros.

Empezó a pasar cada vez más tiempo fuera de casa. Apenas lo veíamos un rato los domingos, cuando dejaba su cuaderno para almorzar, sumido en un silencio acaso lleno de reproches. A veces su mirada reflejaba una especie de doble desconcierto, como si de repente se sintiera extraño entre nosotros. Nos miraba con los ojos enormes, turbulentos, y nosotros hacíamos de cuenta que no lo notábamos. Otras veces se lo veía atribulado, como si cargara una pena insalvable que minuto a minuto lo alejaba de nuestra mesa. Entonces se iba sin decir nada y era como si se hubiera ido mucho antes. Su mente estaba a miles de kilómetros; quizás en una ciudad más vieja y fría, con calles de adoquines donde el agua se escarcha en invierno y dibuja estrías en el piso.

Una madrugada de inverno me despertaron sus gritos. Salí al pasillo envuelto en una frazada justo cuando mi viejo y la abuela corrían hacia la puerta. Lucio acababa de llegar. Arrodillado en la sala lloraba sin decoro. Ayudé al viejo a levantarlo. Pesaba una tonelada: cuando quisimos sentarlo casi nos arrastra al sillón.

—Se murió, vieja —dijo, la voz pastosa de vino—. Se murió. Por eso me vinieron sus recuerdos.

En el piso, junto a él, había un recorte de diario arrugado. Lo levanté y alcancé a leer el titular antes de que mi viejo lo tomara. Algo sobre un accidente de avión en Bélgica, algo sobre una orquesta.

Se fue unos días después. No tratamos de detenerlo, sabíamos que sería inútil. Aunque a veces teníamos ganas de escribirle para ver cómo le iba, la abuela pudo disuadirnos. Sólo guardamos un recorte de diario sobre la milagrosa reaparición de un violinista y el reencuentro con su mujer. En la foto está tan distinto, que apenas se nota que es él. Pero tiene ese destello en los ojos, como de duda atravesada, de incómoda dualidad. Como de Lucio agazapado ahí.

Imitación de los cuentos

Hace tiempo escribí un cuento que tenía un título espantoso. A pesar de eso el cuento no me parecía tan malo, y cometí la imprudencia de mandarlo a un concurso antes de dejarlo reposar lo suficiente. Casi sin correcciones —o con mínimas mutilaciones— lo metí dentro de un sobre y lo envié a su destino antes de que cerrase el plazo de recepción. Después, ya sin apremios, lo guardé en un cajón y sólo volví a él cuando había pasado tiempo suficiente para leerlo con cierta distancia.

El título —“Un rostro de mujer”— desapareció al cabo de una rápida corrección de estilo, cuando eliminé —entre muchas otras cosas—la palabra rostro para reemplazarla por cara, que era más adecuada para el cuento y para el habla de los personajes. En consecuencia, no podía dejarla en el título porque resultaba forzada e incongruente, como tampoco cambiarla porque “Una cara de mujer” es un título horrendo. Un dilema menor que, sin embargo, no fui capaz de resolver satisfactoriamente, y tuve que conformarme con ponerle uno provisorio que era más espantoso aún: “El violín de Lucio”.

En el cuento —que pueden leer aquí— Lucio despertaba después de una operación y comenzaba a tener unos recuerdos ajenos que pronto interpretaría como los de un doble que existía del otro lado del Atlántico. El violín al que hacía referencia el título se mencionaba apenas un instante en el transcurso del cuento: era un objeto menor que definitivamente no merecía el lugar que yo le había otorgado. La trama no estaba en ese instrumento, sino en la situación que iba llevando a Lucio a suponer la existencia de ese otro; ese tipo idéntico a él que vivía una vida diferente.

El tema lo resolvió Elena, una escritora amiga que conocí en un foro literario. No sólo tenía la gentileza de leerme, sino que además me devolvía unas precisas y valiosas anotaciones con “el lapicito rojo” del word, como le gustaba decir. Me marcó los puntos fuertes para potenciarlos y los débiles para suprimirlos, me hizo notar una falla en el final que me llevó a cambiarlo y, de yapa, me regaló un título que me resultó fascinante: “Lucio al otro lado”.  Hablaba mucho más del cuento, y también encerraba cierta ambigüedad. Ese otro lado podía ser, a su vez, el otro lado del Atlántico o algo mucho más indefinible, un lugar incierto donde el espanto o el absurdo acecharan agazapados. Una geografía irreal que abarcara no sólo éste sino muchos otros cuentos.

Hasta aquí, esto no es más que el recuento de una serie de situaciones habituales en el proceso de la creación literaria. Podría asegurar, sin temor a equivocarme, que prácticamente todos mis cuentos han atravesado por situaciones similares, aunque no siempre las modificaciones sean de la misma magnitud. Pero ese cambio de nombre y del final, en ese momento, es lo que hace de “Lucio al otro lado” diferente de mis otros cuentos. Porque más o menos por la misma época en la que terminaba de aplicarle los cambios me llegó la notificación de que había sido seleccionado en el concurso y que lo iban a publicar.

De nada sirvieron mis tentativas para cambiarlo. Me respondieron con una negativa cordial pero tajante, aduciendo que el jurado había seleccionado ese y que no correspondía aplicarle ninguna modificación; aún cuando yo creyera que mejoraban el cuento. Apenas si pude efectuar algunos ajustes menores en las pruebas de galera, pero no me atreví a más. Se publicó en el año 2004 con el título y el final original. Como una imitación de si mismo, el cuento tiene un doble que, tal vez, descanse en alguna biblioteca sin saber que en otro lado del mundo existe el mismo cuento, con otro nombre y otro final.

La puerta infranqueable


Me hubiese gustado ser escritor. Eso lo saben todos los que me conocen. Lo que muy pocos saben es que ese anhelo tiene una fecha exacta de nacimiento: el 13 de noviembre del ‘83. La fecha la guardo con exactitud porque era el cumpleaños de mi padre. Mamá me había dejado al cuidado del abuelo Rodolfo mientras iba con la abuela al cementerio. Afuera llovía.

Rodolfo era un hombrecito parco y ensimismado que se pasaba todo el día en su cuartito de escribir, detrás de una puerta infranqueable a la que ni siquiera podíamos llamar. Para quitarse el lastre que suponía mi presencia, revoloteando inquieto alrededor, me entregó un puñado de hojas y me sugirió que escribiera un cuento. Le contesté que no sabía. “Es fácil” mintió. Tomó tres libros al azar y me pidió que los abriera en diferentes páginas y le dictara la primera palabra que viese. Después me pasó un papel con la incomprensible frase que había surgido y me explicó que se trataba de un cadáver exquisito, algo que sólo comprendí muchos años después pero que, en ese momento, sonó aterrador y fantástico.

—En esa frase se esconde tu cuento —me dijo—. Leéla hasta encontrar su sentido oculto; una vez que lo tengas sólo tenés que ponerte a escribir.

Dos horas más tarde había escrito mi primer cuento, claramente inspirado en una historieta que había leído en la revista Fierro unos días antes. Una adulteración berreta, en realidad, a la que para colmo —acaso con cierto prurito— había decido cambiarle el final por lo que terminó siendo no sólo una mala copia sino un pésimo cuento. Cuando Rodolfo salió de su cuartito, apenas si lo leyó. Pero no me enojé. Le estaba —le sigo estando— enormemente agradecido: ese día me enseñó que escribir es una de las cosas más hermosas del mundo. Desde entonces, a contramano de todos los chicos de mi edad que elegían ser futbolistas, actores de cine o cantantes, descarté cualquier otra opción y comencé a contestar, a cualquiera que me lo preguntara, que quería ser escritor como mi abuelo.

Rodolfo había publicado dos libros de cuentos y una primera novela que pasaron casi desapercibidos, hasta que una novela breve le valió, a mediados de los ’60, un fulgurante reconocimiento en el ámbito cultural. La abuela guardaba un centenar de recortes que habían salido en los diarios, algunos con desmesurados elogios a la frescura de su prosa y que preanunciaban una nueva vertiente del boom latinoamericano que nunca llegó a cumplirse. Incluso empezaron a ensalzar la obra anterior, que no sólo no había tenido el mismo éxito sino que además carecía de la calidad de su último trabajo. Vale aclarar, a favor de los críticos que a partir de esa novela auguraron una revolución estilística y editorial, que Rodolfo hizo lo posible por evitarlo. Un día cualquiera se levantó, se quedó en la cocina más de lo acostumbrado y, después de varias tandas de mate que parecían no tener más objeto que retrasar el momento de encaminarse hacia el cuarto donde cada día se encerraba a escribir, anunció:

—No voy a publicar más.

Nadie supo nunca el motivo que lo impulsó a tomar aquella decisión. Pero a partir de ese día, como una especie de Salinger autóctono, imitó con fidelidad su determinación y empezó a escribir en unos cuadernos azules de tapa dura que estaban destinados a no ser visto por otros ojos que no fueran los de él.

El tiempo no hizo más que acrecentar la leyenda en torno a la figura de mi abuelo. Aunque Rosario haya brindado un montón de grandes escritores, ninguno alcanzó jamás la magnitud de Rodolfo en la consideración de críticos y pares. Hay —lo supe siempre— una abierta injusticia en ello, que nadie parece reconocer. Ese puñado de excelentes páginas que había publicado lo hacían acreedor de cierto grado de reconocimiento, pero era el misterio en torno a su aislamiento, y no su obra, lo que lo había elevado al podio. Hubo decenas de versiones sobre aquella decisión. Había quienes imaginaban una escandalosa y estudiada maniobra de marketing: uno de esos días, aseguraban, entregaría un puñado de manuscritos que iban a venderse como pan caliente. Otros creían que el temor a los comentarios adversos, después de su romance con la crítica, lo había disuadido de volver a publicar. Que prefería guardar para sí sus obras posteriores, a cambio de no menoscabar su reputación. Pero mi abuela —a la sazón, la persona que mejor lo conocía— disentía con todas ellas. Tampoco le daba mayor importancia.

—No publica más porque tu abuelo es así. Escribe como vive: para nadie más que él—decía, con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar lo que había de verdad detrás del chiste.

Me gustaría decir que, con el tiempo, Rodolfo me enseñó mucho más que aquel cadáver exquisito cuyo objetivo principal no había sido otro que librarse de mí. Sobre decálogos y esfericidades, sobre efecto e intensidad, sobre diálogos y silencios. Que me habló de Poe, de Maupassant, de Carver y Quiroga, de Hemingway, Borges o Cortázar. Pero lo cierto es que no. No, al menos, de la forma tradicional. Sólo muchos años después, cuando yo ya era adolescente y publiqué un par de cuentos en algunas revistas literarias, volvió a prestarme atención. Un día fuimos a su casa y me pidió que lo acompañara al living. Sobre la mesa había una revista abierta en la que parecía que habían estado probando todas las biromes del barrio. Después comprendí que eran tachones, y que debajo de todos ellos sobrevivía algo de mi cuento. Había tachado adverbios, varios sustantivos y casi todos los adjetivos del texto. También dos párrafos completos.

—Lo que se puede decir con tres palabras nunca lo digas con cuatro; menos con diez. Las piedras en el camino del lector te hunden el cuento —me dijo mientras me entregaba la revista—. De todos modos, sigue fallando el final: es previsible.

No me dio tiempo a contestar, y mientras se me llenaban los ojos de lágrimas de bronca dio media vuelta y subió las escaleras para refugiarse en su escritorio. Yo no tenía más de catorce años: era mí primera crítica y me parecía descarnada —habré pensado “dura”, o “cruel”— e injusta. Tal vez, si hubiese aprendido entonces a dominar mi ego, si no hubiese roto en pedazos ese pedazo de papel, podría haber aprendido entonces algunas cosas que sólo comprendí después de mucha lectura, algunos años y unas cuantas decepciones similares a la de esa primera vez.

No volví a mostrarle mis cuentos a Rodolfo. Sé que la abuela lo hacía, pero él habrá entrevisto mi terquedad y optó por no volver a corregirlos sino sugerirle las modificaciones a mi abuela, quien luego me las trasladaba a mí como si fueran sus ideas. A veces me daba cuenta: la abuela —que no leía más que esos novelones románticos de tapas ilustradas con besos y atardeceres—, me señalaba cuestiones vinculadas con el tono narrativo, descubría fisuras en mis tramas u objetaba algunos aspectos que le restaban verosimilitud al relato.

—Me refiero a la verosimilitud del cuento —explicó, en una de esas charlas, cuando yo me atajé a su crítica aduciendo que se trataba de un cuento fantástico. Estábamos en la cocina tomando mate y el abuelo leía en el living—. Podés creer que un tipo hable con los pies, pero podés no creer en la forma de hablar del tipo si toda la narración es en primera persona y el diálogo no se condice con el tono discursivo del resto del cuento. ¿Entendés? Se trata de coherencia narrativa.

Miré de reojo a Rodolfo, que simulaba leer pero sacudía la cabeza en forma apenas perceptible, como si la abuela hubiese omitido algo o hubiera alterado el consejo que, con seguridad, él le había transmitido la noche anterior. Me callé y, desde entonces, presté mayor atención a las críticas de la abuela. No sólo para aprender de esos consejos indirectos, sino tratando de entrever si los elogios eran su contribución para moderar el mensaje o si, detrás de alguno, se escondía el inesperado reconocimiento del abuelo.

Con el tiempo me empezó a resultar cada vez más difícil escribir. A veces tenía alguna idea que me parecía extraordinaria, entonces me pasaba horas en silencio armando y desarmando la trama en mi cabeza. Diseccionaba la historia en busca de puntos débiles como si se tratara de un animal muerto por una enfermedad desconocida. Todo me resultaba trillado o muy traído de los pelos, demasiado endeble para sostener la trama de un cuento. Ninguna idea parecía satisfacerme. Si eran demasiado simplistas y trataba de enredarlas, les llevaba a un extremo tal que me estancaba al comprender que sería imposible desarrollarlas en menos de cuarenta o cincuenta páginas. Esquivaba los temas infantiles o inmaduros, pero cuando se me ocurría alguna idea más profunda me aterraba la posibilidad de que se notara, en el tratamiento del tema, mi propia inmadurez. Muy pocas ideas sobrevivían lo suficiente como para justificar que me sentara a escribirlas.

Entonces comenzaba un nuevo desafío. ¿Cómo contarla? Trataba de encontrar, en esa historia que tenía atragantada, el tono. En plena búsqueda de un estilo propio, me descubrí permeable a los estilos de los autores que leía en el momento. A la mitad de la primera carilla releía el texto y, para mi asombro, no me reconocía en ninguna de las frases. Y de algún lugar incierto, entre el pecho y la garganta, surgió una voz que me recordó a la de Rodolfo:

—Si vas a escribir como, pensá en dedicarte a otra cosa. ¿Para qué compraría alguien un libro de un tipo que escribe como Cortázar, cuando puede comprar uno de Cortázar?

Nunca Rodolfo me había dicho eso, ni nada parecido. No obstante, algo en esa voz me hizo pensar de inmediato en él. Comprendí en ese instante que esa voz no era nueva, que era la misma que en todo ese tiempo había estado marcando los errores de mis tramas y descartando mis ideas. Su voz había logrado proyectarse hasta mí para convertirse en mi crítico más feroz, e impedirme cometer los mismos errores que en los cuentos anteriores. Acepté que, sin dudas, esta vez tenía razón. La voz, el estilo, hace al escritor. No importa qué es lo que quiera contar si no puedo contarlo con mi voz. Fui en busca de la carpeta donde guardaba mis cuentos y los desparramé sobre la mesa de la cocina. Empecé a leer el primer párrafo de cada uno para reconocer mi propio estilo y, con espanto, descubrí que todas las voces anteriores eran imposturas: Cortázar, Borges, Quiroga, García Márquez, Castillo. Estilos variados se habían conjugado en mis cuentos, a tal punto de que había algunos que eran irreconciliables entre sí: solo mi nombre junto al título los unía. Parecían escritos por dos personas diferentes.

Ese día —a diferencia del principio, no guardo el recuerdo exacto del final— dejé de escribir. Durante los años siguientes, hubo temporadas de sosiego, donde la rutina del trabajo y mis obligaciones actuaban como un sedante de la bestia interior que, tanto tiempo atrás, mi abuelo había despertado. Pero no siempre. A veces leía un cuento o una novela que tenían ese maravilloso efecto de contagio; esa necesidad de sentarse a escribir que se parece tanto al hambre o a la sed. Una o dos veces claudiqué: encendí la computadora, abrí el Word y me quedé allí, inmóvil ante la pantalla, la cabeza a mil y la voz rugiendo en el pecho. Pero los dedos se mantenían impasibles. Y entonces sobrevenían esas ganas de llorar como huérfano; esa íntima desolación de mudo en el momento de un gol.

A veces, después de esas frustraciones, pensaba en Rodolfo. En su rutina inalterable de mates, un cigarrillo y el encierro en su cuartito para empezar a escribir. Todos los días, durante años. Quería preguntarle cómo hacía. Cómo nunca, en todos estos años que pasaron desde que decidió dejar de publicar hasta hoy, dejó de escribir. ¿Cuántos cuadernos se amontonarían en ese cuarto, llenos de su letra prolija, llenos de ideas, cuentos o novelas que nunca verían la luz? Pero no se lo pregunté cuando pude, y ahora ya no puedo hacerlo.

Murió hace tres días. Tenía setenta y siete años y ni un solo día había dejado de subir a su cuartito para refugiarse detrás de esa puerta infranqueable que dividía el mundo real de ese otro mundo íntimo, infinito e inabarcable que salía de su pluma. A pesar de su edad estaba saludable y su muerte fue toda una sorpresa: esa mañana, después del desayuno, se había empezado a sentir mal. Le faltó el aire y, al cabo de un rato, dejó de respirar.

Esta mañana fui a su casa y le pedí a la abuela que me dejara entrar al cuarto donde escribía. Al principio dudó. Acaso ella lo sospechaba, no porque Rodolfo lo hubiese dicho alguna vez sino por su intuición de esposa, porque al cabo de tantos años sabía leer en sus ojos cada pensamiento y cada desolación. Finalmente me dejó pasar y me miró en silencio mientras revisaba, estupefacto, los infinitos cuadernos azules con hojas en blanco que Rodolfo había acumulado a lo largo de más de treinta años. Cientos de cuadernos que compraba cada semana para sostener un simulacro que continuó hasta que el día de su muerte.

Cuando llegué a mi casa me senté a escribir. “Me hubiese gustado ser escritor”, puse, sin hacerle caso a esa voz que me cuestionaba desde el pecho con esa voz que se parecía tanto a la de Rodolfo pero que, sin margen de dudas, reconocí como mía. Y seguí escribiendo con la certeza de que nunca sabría por qué Rodolfo había entrado en ese bloqueo eterno, pero convencido de que yo tenía que evitarlo a toda costa, que tenía que escribir lo que fuera pero escribir; soltar a la bestia y dejarla hablar antes de que me cerrase los pulmones a mí también.