martes, 16 de septiembre de 2008

Imitación de los cuentos

Hace tiempo escribí un cuento que tenía un título espantoso. A pesar de eso el cuento no me parecía tan malo, y cometí la imprudencia de mandarlo a un concurso antes de dejarlo reposar lo suficiente. Casi sin correcciones —o con mínimas mutilaciones— lo metí dentro de un sobre y lo envié a su destino antes de que cerrase el plazo de recepción. Después, ya sin apremios, lo guardé en un cajón y sólo volví a él cuando había pasado tiempo suficiente para leerlo con cierta distancia.

El título —“Un rostro de mujer”— desapareció al cabo de una rápida corrección de estilo, cuando eliminé —entre muchas otras cosas—la palabra rostro para reemplazarla por cara, que era más adecuada para el cuento y para el habla de los personajes. En consecuencia, no podía dejarla en el título porque resultaba forzada e incongruente, como tampoco cambiarla porque “Una cara de mujer” es un título horrendo. Un dilema menor que, sin embargo, no fui capaz de resolver satisfactoriamente, y tuve que conformarme con ponerle uno provisorio que era más espantoso aún: “El violín de Lucio”.

En el cuento —que pueden leer aquí— Lucio despertaba después de una operación y comenzaba a tener unos recuerdos ajenos que pronto interpretaría como los de un doble que existía del otro lado del Atlántico. El violín al que hacía referencia el título se mencionaba apenas un instante en el transcurso del cuento: era un objeto menor que definitivamente no merecía el lugar que yo le había otorgado. La trama no estaba en ese instrumento, sino en la situación que iba llevando a Lucio a suponer la existencia de ese otro; ese tipo idéntico a él que vivía una vida diferente.

El tema lo resolvió Elena, una escritora amiga que conocí en un foro literario. No sólo tenía la gentileza de leerme, sino que además me devolvía unas precisas y valiosas anotaciones con “el lapicito rojo” del word, como le gustaba decir. Me marcó los puntos fuertes para potenciarlos y los débiles para suprimirlos, me hizo notar una falla en el final que me llevó a cambiarlo y, de yapa, me regaló un título que me resultó fascinante: “Lucio al otro lado”.  Hablaba mucho más del cuento, y también encerraba cierta ambigüedad. Ese otro lado podía ser, a su vez, el otro lado del Atlántico o algo mucho más indefinible, un lugar incierto donde el espanto o el absurdo acecharan agazapados. Una geografía irreal que abarcara no sólo éste sino muchos otros cuentos.

Hasta aquí, esto no es más que el recuento de una serie de situaciones habituales en el proceso de la creación literaria. Podría asegurar, sin temor a equivocarme, que prácticamente todos mis cuentos han atravesado por situaciones similares, aunque no siempre las modificaciones sean de la misma magnitud. Pero ese cambio de nombre y del final, en ese momento, es lo que hace de “Lucio al otro lado” diferente de mis otros cuentos. Porque más o menos por la misma época en la que terminaba de aplicarle los cambios me llegó la notificación de que había sido seleccionado en el concurso y que lo iban a publicar.

De nada sirvieron mis tentativas para cambiarlo. Me respondieron con una negativa cordial pero tajante, aduciendo que el jurado había seleccionado ese y que no correspondía aplicarle ninguna modificación; aún cuando yo creyera que mejoraban el cuento. Apenas si pude efectuar algunos ajustes menores en las pruebas de galera, pero no me atreví a más. Se publicó en el año 2004 con el título y el final original. Como una imitación de si mismo, el cuento tiene un doble que, tal vez, descanse en alguna biblioteca sin saber que en otro lado del mundo existe el mismo cuento, con otro nombre y otro final.

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